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MANITOS SUCIAS

Una mamá convirtió el dolor tras la pérdida de un hijo en un lugar de encuentro para quienes más lo necesitan. Asiste en Barrio San Roque de Córdoba a 250 personas en las diferentes actividades que brinda en su propia casa. De sala Cuna a ropero comunitario y comedor, en la casa de Olga todos son bien recibidos con el optimismo y la esperanza que desprende esta mujer desde hace casi un cuarto de siglo.

Para escuchar la entrevista completa click acá:

Olga Rodríguez habla sonriendo, incluso para contar los pesares. Así como cocina como una gran Doña Petrona de los suburbios, también se expresa antecediendo el agradecimiento y los sueños a cualquier malestar.  Lejos ahora de su vida en el campo y en situación de calle: “yo me encuentro con personas de la calle y les digo que le den para adelante que si yo pude ellos también”; Olga abre las puertas de su casa poco antes de las 8 de la mañana y entrega el primer sustento de una sala cuna que es mucho más que una guardería: es una usina de sueños.

“Me debo por mi pasado, no sé que hubiese sido de mi vida si yo no hubiera hecho esto. Esto es como un grupo de terapia divino” nos cuenta Olga que remarca que no tiene estudios: “tengo estudios de la vida nomás”. “Me gusta mucho lo que hago, he nacido para trabajar por la comunidad. En Barrio San Roque se necesita mucho amor, que estemos juntos y nos unamos”, dice.

Ella tiene 65 años, no oculta que la vida la golpeó muchísimo y atravesó muchos dolores como el fallecimiento de su primogénito que inspiró luego su obra solidaria. Incluso en esos momentos de oscuridad se propuso jamás aflojar. “Empecé buscando cosas en el Mercado San Miguel pero me echaban porque no tenía permiso como ciruja. Comencé cocinando en tres ollitas en el suelo, para darle a otros que necesitaban, no quería aflojar porque sabía que iba a lograrlo. En muchos lugares me corrían y otros sólo me hacían una sonrisa antes de correrme pero siempre aparecía gente buena para ayudarme”, dice. “Mi infancia no fue fácil, siempre quise tener juguetes y platitos calientes pero por algunas cosas de la vida no se podía. Hoy yo que puedo me necesito feliz de poder brindar lo que me ha faltado. El cariño que me faltó lo obtengo hoy con lo que hago”.

Olga formó una familia con “un gran compañero” y tuvieron tres varones y una mujer. A través de un programa sobre niñez que entregaba el Gobierno logró abrir una sala cuna en su casa: “empecé con 6 niños y no sabía que iba a pasar. Hoy son 45 niñas y niños que ingresan a las 8 de la mañana y se van a las 12 desuyunados y también con el almuerzo”. Para esa actividad recibe el apoyo estatal pero luego por su cuenta y con la ayuda de otro grupo de voluntarias cocina con sus manos mágicas recetas: “me doy maña para todo, de un poquito se puede hacer mucho. Yo hago el pan, la tortilla, los ñoquis, los canelones, los guisos, todo lo hacemos casero”.

Olga dice que hay días que se siente cansada: “me duelen las piernas, por ahí me infiltran, pero tengo un compromiso y lo asumo contenta. Porque todo esto me pone feliz. Y sueño por mucho más. Un abrazo y beso tengo un montón para dar. Hay muchos niños y niñas que venían y hoy son padres, y me dicen se acuerda Olguita de nosotros y ahí compartimos anécdotas”. Para llevar adelante el comedor siempre necesita todo tipo de alimentos porque cuesta mucho esfuerzo poder cocinar para tanta gente dos veces por semana. Le agradece también al Padre Melchor de la Parroquia Nuestra Señora de la Misericordia que muchas veces les da una mano.

Olga Rodríguez habla sonriendo, incluso para contar los pesares. Así como cocina como una gran Doña Petrona de los suburbios, también se expresa antecediendo el agradecimiento y los sueños a cualquier malestar.  

Cuando decidió abrir su casa para los demás tenía que pensar un nombre y le decían que podía ser algo alusivo a su hijo, pero se le ocurrió otro: “usted puede tener toda la plata del mundo y una niñera que le lava las manos a su hijo a cada instante, pero el niño siempre quiere tocar, siempre se va a ensuciar. Por eso le puse manitos sucias al comedor”.

Doña Olga dice ser una persona de mucha Fe y de sueños. “A la gente siempre les repito no digas no puedo, intentálo. Hay que intentar hacer las cosas. Los niños me dan mucho cariño, todos me dicen abuela de acá, abuela de allá. Yo agradezco a toda la gente que me ayuda, tanto en mi casa como a la gente que dona afuera. A muchos les ayudamos también a comenzar a hacer su hogar. Mi sueño es hacer algo por los adolescentes, siempre digo que les falta cariño. No hace faltan muchas herramientas, a veces es un abrazo y un beso y salís adelante. Hay que ayudar porque con afecto se pueden cambiar las ideas”.

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