Concurren más de un centenar de niños y niñas para llevar su vianda de comida y de merienda pero desde hace varios años es también un lugar de encuentro y de contención. La historia de su fundadora Marta Nasisi es además un ejemplo de fortaleza y resiliencia para abrazar el dolor y atravesarlo para dar apoyo a la barriada de Ampliación Pueyrredón, en Córdoba Capital.


“Salimos de Jujuy hace casi trece años en busca de un mejor vivir. Acá decidimos luchar y empezar de nuevo” cuenta Marta, la menor de siete hermanos de una familia que habitó en la capital jujeña. “Mi papá falleció a mis nueve años, mi mamá fue muy luchadora pero tuvimos una infancia con muchas carencias. Pero yo desde chiquita ya tenía en mente cuando fuera grande poder hacer algo para ayudar. Mi mamá me decía que era una metida porque me interesaba por todos. Desde chica ya aprendí a compartir, a saber dar”, nos cuenta en un podcast que podés escuchar acá:
“Antes estaba en la vereda de enfrente y decía algún día voy a tener mi propio comedor. Yo soñaba que quería hacer un comedor grande con mesas y sillas, bueno no pude lograr algo grande, es apenas un dos por tres pero podemos abarcar muchas cosas ayudando a los vecinos a hacer trámites, a trabajar la violencia de género, en captar las problemáticas de las familias y ayudarlas”, dice Marta.
Realizan concursos a fin de año con premios para los que mejor leen, organizan fiestas y también es clásico el árbol repleto de juguetes frente a su casa para esperar la Navidad.
Un día como cualquiera de siete años atrás Nasisi se levantó y se dijo: “hoy es el día”. Se fue al centro y compró algunos vasos, después fue a otros negocios y obtuvo el resto para poder empezar. Empezó con 17 chicos, a la semana eran 35 y al año ya constituían un centenar. Al comienzo entraban en su casa y podía comer ahí pero hoy ya son 120 y al no poseer el espacio se lo llevan en viandas. “Para poder seguir siempre necesitamos la colaboración de la gente, yo soy la cara visible pero hay cientos de personas que colaboran y van desde jóvenes hasta adultos que colaboran. Con la situación económica han bajado mucho las ayudas. A los barrios periféricos llegan muy pocas ayudas y generalmente proviene de gente común, no de la política. Nosotros recibimos de todo, ropa, calzado, por supuesto alimentos, pero sabemos que hay muchas otras necesidades”, dice.


Marta cuenta que en el Centro Comunitario deben hacer de cocineras, de maestras, de psicólogas, enfermeras “y si bien no tienen el título colgado de la universidad tenemos que ejercer un poco de todo ello. Las referentes de merenderos y comedores al abrirlo ya sabemos que hay que cumplir varios roles”.
“No hay que romantizar la pobreza y no hay que naturalizar un montón de cosas. (…) dice Marta
El espacio tiene dos metros por tres. “Es re chiquitito”, se ríe. “Es una habitación delante de mi casa y la cocina es la de la casa. Pero cuando uno quiere hacer algo por el otro siempre se va a poder. Hay veces que nuestras ollas se vuelven mágicas, uno va viendo la fila de gente y vas calculando y vas rezando y diciendo Dios mío esperemos que alcance. Y hasta ahora siempre pudimos cumplir con todos. Siempre se saca primero para la gente y si sobra ahí recién nos servimos con mi familia. Por ellos me levanto todo los días. Ellos ven en nosotros un apoyo, una compañía. Vos sabés que estás para ellos y sé que ellos están para mí”.


Con el Centro Comunitario Marta está pendiente de todas las necesidades del barrio y también propone ideas creativas para impulsar la escolaridad. Por ejemplo, realizan concursos a fin de año con premios para los que mejor leen, organizan fiestas y también es clásico el árbol repleto de juguetes frente a su casa para esperar la Navidad. Además también festejan el día de las infancias con juegos y sorpresas cada año.
Hace dos años el Centro Comunitario estuvo a punto de cerrar sus puertas porque la tragedia sacudió a la familia. La hija mayor de Marta se suicidó y cuenta que “fue un golpe devastador, fue un proceso muy doloroso”. “Dije voy a cerrar el comedor porque mi estado de ánimo no daba, estuve cuatro meses sólo entregando lo que podía. Pero un día dije voy a tomar esto para fortalecerme y volví (…) Me levanto cada día y miro al cielo y dijo Hija decile a Diosito que no se olvide de este lugar en el mundo. Siempre cuento mi historia pero no del lado de víctima de pobrecita, lo cuento para que alguien si está pasando por lo mismo sepa que se puede atravesar la tormenta. Salís fuerte, salís renovada”.


“No me encariño con el dolor, lo sentí tanto, lo abracé tanto que ahora aprendí a soltarlo. Hacer esta tarea es sanadora y quiero contagiar a todos” dice Marta y resalta que “a veces un minuto de tu tiempo puede salvar una vida, pero hay una falta de empatía y estamos viviendo eso. Hoy estamos padeciendo una ola muy grande de suicidios porque hay jóvenes que no son escuchados”. El centro comunitario se llama Camila en honor a su hija y los martes brinda merienda y los viernes la cena.
Por último Marta sostiene que “no hay que romantizar la pobreza y no hay que naturalizar un montón de cosas. (…) hay que saber que todo se puede hacer. Donar no es dar lo que te sobra sino compartir lo que tenés. Es compartir con el otro porque se eso se trata. Da mucha más, te reconforta en todo el ser. Es muy sanador. Yo Tengo mucha afinidad con muchos chicos que los conozco desde su panza y me voy a dormir recordando sus nombres y sabiendo que pudieron tener ese día un plato de comida. Siempre en la porción de los chicos va un extra para la mamá y el papá” cuenta esta gran luchadora.
Para ayudar a Marta y al centro comunitario: alias de Mercado Pago: piru.colibri.lapiz Télefono: 3516 74-9419
Para seguirla en redes: https://www.facebook.com/centrocomunitario.camila







