Este comedor lleva casi una década asistiendo a niñas y niños de Barrio Muller de la ciudad de Córdoba. Su creadora es una mujer luchadora que soportó numerosas situaciones complejas en su vida y hoy todos en el barrio la llaman “su abuela”. Pese a que le cuesta conseguir los insumos, da de comer dos veces a la semana y en esta entrevista con Radio Chusma nos cuenta su vida y obra. Y dice: “siento que soy la abuela de 86 niños y niñas, y también de varios adultos mayores”.
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Elisa Astrada tuvo una infancia con derechos que escasearon y varias privaciones, algunas de ellas referidas a la alimentación temprana. “Cuando era chica pasé mucho hambre. Los chicos no tienen que pasar el hambre que yo pasé” manifiesta. Supo vivir en Bajo Pueyrredón y en Villa Pocito. Luego se juntó con una pareja, su marido trabajaba “muy bien, era pintor pero sufría de alcoholismo y se ponía violento”. Tuvo 5 hijas mujeres y un hijo varón y un año se fue con sus hijos a Buenos Aires para escapar de la violencia: “para ver si así lo cambiaba al padre pero lamentablemente siguió así y falleció por el alcohol” hace casi una década. Prácticamente al mismo tiempo en el que ella decidió abrir el comedor.


Una vez notaba que había tanto hambre en los pequeños del barrio que decidió salir a cortar la calle como protesta, ahí apareció un policía que le preguntó que alimentos necesitaba y así arrancó su idea de dar de comer. “Yo dije les voy a dar de comer a los chicos porque ellos me necesitan. Hasta que Dios me dé vida yo les voy a dar de comer, trato de hacer magia para que les alcance a todos. A veces hasta raspo la olla para darle a todos y no me importa si no me alcanza para comer yo”. En ocasiones dice que ella “con comer bien al mediodía a la noche no le hace falta hacerlo a la noche”: se hace unos mates y dice que está acostumbrada porque a Elisa le basta que coman los chicos.
Con el comedor la ayuda su hermano, su nuera y su hijo que trabaja en el mercado. Hacen todo a leña. Y como la solidaridad es contagiosa, su hija que vive en otro barrio armó un comedor imitando su accionar.
Los lunes y jueves abre el comedor y le gustaría hacerlo un día más pero “no le alcanza para más porque todo está muy caro”. “Nosotros vivimos en ranchos, cuando salgo a la calle por ahí me preguntan: ¿abuela se cocina? y me parte el alma porque no hay para hacer otro día”. Un hermano de la Iglesia le lleva pollo todas las semanas y en varias ocasiones también le alcanza alimentos Juan Pablo Rodríguez de Un tatuaje por una sonrisa. “Hay chicos que hoy tienen 18 años y cuando eran chiquitos ya venían a comer”.

Con el comedor la ayuda su hermano, su nuera y su hijo que trabaja en el mercado. Hacen todo a leña. Y como la solidaridad es contagiosa, su hija que vive en otro barrio armó un comedor imitando su accionar. “Mi hija le da de porciones a 200 personas” en Bajo Pueyrredón. Y hay otra hija en barrio CEP que también se puso a cocinar para los demás, “me pone muy feliz que lleven esa herencia” dice Elisa que durante toda la pandemia le dio de comer a sus chicos casi a diario.


Hoy con 65 años sigue firme a pesar de los contratiempos, cuenta que mucha gente la ayudó en los primeros tiempos pero ya no lo hacen, “por ahí ya no pueden ayudarme pero yo me doy maña” dice esta abuela lalala de la barriada que cierra la nota afirmando: “Soy rica con este montón de nietos y seguramente más voy a tener. Mi sueño es poder progresar y poder armar un comedor bien grande adelante para que todos lo disfruten. Le pido a Dios que me dé más vida para poder dar de comer”.
Para más información: https://www.facebook.com/elisa.astrada





