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FUNDACIÓN MI PUEBLO

Un hogar lejos de casa: la historia de la Fundación Mi Pueblo.


En una casa de barrio Cofico, en Córdoba, el tiempo no se mide con relojes. Se mide en abrazos, en mate compartido, en la risa que interrumpe el silencio de un tratamiento, en los pasos lentos pero decididos hacia el parque cercano. Allí, Romina Catazaron y Sebastián Luque Sosa —Romi y Seba para todos— han creado algo más que un refugio: han tejido un hogar para quienes lo han perdido de golpe, de la forma más dura.

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Hace más de una década, trece años para ser más precisos lo suyo era juntar ropa, alimentos, juguetes.: ayudar a comedores y jardines donde hacía falta. Pero un día, un pedido concreto les cambió la mirada para siempre. Belén, una mamá llegada desde La Rioja, estaba en Córdoba con su hijo Alvarito para un tratamiento oncológico. No tenía casi nada. Ellos tenían donaciones. Las llevaron. Y en ese encuentro se abrió un mundo que hasta entonces no conocían: el de las familias que deben dejarlo todo —casa, trabajo, rutinas— para acompañar a un hijo en una lucha desigual contra el cáncer.



En Argentina, los hospitales públicos de referencia en oncología infantil son apenas un puñado. El Hospital Garrahan en Buenos Aires, el Hospital de Niños de Córdoba… y poco más. Cuando la enfermedad irrumpe, no hay tiempo para planificar mudanzas ni buscar departamentos. Hay que quedarse. Y en ese quedarse, se pierde el suelo conocido.

Ahí, la Fundación Mi Pueblo encontró su misión: ser el suelo firme para quienes viven ese desarraigo. “Quiero que esta casa sea lo más parecido a un hogar”, dice Romi. Y no es una frase hecha. En su casa, los chicos y sus familias pueden tomar mate, salir a caminar, abrir la heladera sin pedir permiso. Pueden —aunque sea por un rato— sentir que la vida sigue teniendo algo de normalidad.


El trabajo de la fundación va mucho más allá de un techo y una cama. Se trata de ver lo que a simple vista no se ve. Romi recuerda descubrir que los chicos bebían muchísima agua. Preguntó, investigó, habló con enfermeros, entendió que la quimioterapia exige eliminar toxinas. La respuesta fue simple pero vital: organizar una campaña para conseguir botellas de agua. Así, cada gesto —por pequeño que parezca— nace de la observación, de estar ahí, del vínculo.

También está lo emocional: disfrazarse de paisanos un 25 de mayo para que los chicos, desde una sala de hospital, puedan sentir la fiesta patria; buscar músicos para llenar de canciones una tarde gris; encontrar maneras de que el tratamiento no se trague del todo la infancia.


Y están los sueños, esos que parecen imposibles, pero que Romi convierte en desafíos personales. Conseguir entradas para que una nena pueda ver a Lali Espósito, o intentar —hasta el último minuto— un saludo de Messi o de Julián Álvarez para un pequeño fanático que cumple años. “Lo poco o lo mucho que hago, es para que vos sonrías”, dice Romi. Esa sonrisa es la mayor recompensa: verla en los chicos, en su propio hijo cuando ayuda, en una familia que se siente acompañada.


Nada de esto sería posible sin el equipo de voluntarios, a quienes Romi agradece con la misma intensidad con la que los convoca. “El compromiso no es conmigo —aclara—, es con los niños y las familias, ellos son los que esperan tu visita”. Por eso, quien quiera sumarse debe traer, ante todo, amor, empatía y ganas de trabajar en equipo. Las formas de ayudar son muchas: visitas semanales, campañas de sangre, donaciones, o simplemente estar dispuesto a escuchar.

El impacto de esta labor va más allá de lo visible. Estudios científicos respaldan lo que en la Fundación Mi Pueblo se vive cada día: la risa, el afecto y la contención fortalecen las defensas y mejoran la recepción de los tratamientos. Pero Romi lo explica desde el corazón: “Si hoy no podés sonreír, no pasa nada: lloramos, gritamos, nos enojamos… lo importante es estar al lado”.

Hoy, además, trabaja en un proyecto para adolescentes y jóvenes, porque ha visto que la amistad y el sentido de pertenencia son tan necesarios como un medicamento. En un mundo cada vez más individualista, sueña con devolverles ese espacio de comunidad y vínculos que ella valora como esenciales. Romi lo dice sin titubeos: no cambiaría esta vida por ningún trabajo estable ni por todo el oro del mundo. “Esto es lo que me hace sentir bien, lo que hace sentir bien a otros. Y eso no se compra: la vida, la sonrisa, el amor, el respeto, los lazos… no hay nada que lo pague”.

La Fundación Mi Pueblo no nació de grandes discursos, sino de pasos pequeños y un compromiso cotidiano: mirar al otro de verdad y ponerse a su lado, no por un rato, sino por el tiempo que haga falta.  “Mientras ellos estén acá —dice Romi—, busquemos la forma de que sigan siendo niños.”  Y en esa simpleza está todo: la esperanza, el amor y la certeza de que un hogar se puede construir en cualquier parte, siempre que haya un corazón dispuesto a abrir la puerta.

Para conocer más: https://www.instagram.com/mipueblof/?hl=es

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