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COLOR ESPERANZA

Margarita y sus voluntarias preparan 202 viandas de comida dos días a la semana y meriendas casi todos los días. Además todos los meses entregan bolsones de alimentos y sueñan con techar un sector del centro vecinal que los cobija para abrir un espacio para los adultos mayores y establecer una biblioteca para que los estudiantes tengan apoyo escolar.

Hay ocasiones en que la solidaridad es un legado. Como en el caso de Margarita que en el barrio San Javier de la capital cordobesa transforma realidades tras inspirarse en su papá. “Era empleado de Vialidad, salía con su máquina y abría caminos siempre para el invierno en el norte de la provincia. Paraba en una casilla rodante cerca de una escuela hogar. Mi papá siempre nos pedía que juntáramos ropa o una zapatilla o un juguete en buen estado para llevarlo a los niños porque veía lo que los niños necesitaban. Tengo ocho hermanos, o sea que siempre sobraba una ropa que no entraba.  Y después un buen día a mi papá ya no le alcanzó con llevar cosas para allá y regalitos para el niño Dios o reyes, sino que empezó a traer niños a nuestro hogar y hacerlos conocer Córdoba, llevarlos a conocer el parque Sarmiento por ejemplo y todos los veranos teníamos cuatro o cinco niños en casa.  Después cuando los devolvía ya iban con sus zapatillas, su bolsa con ropa; y el se volvía con choclos, con bizcachas, cosas que le daba a la gente en agradecimiento. Nos criamos con la solidaridad inculcada por mi papá”. Era una especie de Rotary Club de los humildes.

A medida que Margarita creció, se casó, jugó al fútbol y tuvo cuatro hijos. Con su tío siempre colaboraban para ayudar a los vecinos que necesitaban: desde alguien que se accidentó, que tenía un hijo enfermo, para alguien que falleció un familiar y no podían pagar un servicio de sepelio. En el 2018  nos cuenta que “un poco más holgada de trabajo y de hijos porque ya estaban más grandes, más allá de que siempre colaboraba donde podía, decidí vamos a abrir un merendero en mi barrio. Lo estuvimos sosteniendo hasta que llegó la pandemia. Cuando nos agarró la pandemia, como a todos, tuvimos que cerrar porque no podíamos encontrarnos, tener contacto. Pero a los 15 días de estar encerrados llegó un vecino de acá a cuatro cuadras, golpeó la puerta y dijo que tenía hambre, que si yo no tenía algo para darle porque hacía cuatro días que no comía. En ese momento nosotros teníamos una heladería social que con eso nos separamos el poquito de plata para comprar harina para el pan y todo eso. Y teníamos que reponer la mercadería de esa heladería y decidimos con mis hijas no reponer el helado y sí invertirlo en carne, pollo, verdura y mercadería”.

En la pandemia cocinaron para 300 personas de lunes a lunes. “Algunas las podíamos buscar, otras las llevábamos, les llevábamos a los abuelos para que no se salieran. En conjunto con otro pequeño comedor que había acá, que se había formado hace poquito, decidimos que ellos atendían a los abuelos y nosotros todo el resto”. Margarita se contagió de COVID y la pasó bastante jodido: “en ese tiempo vimos muchas miserias humanas, más de lo que ya habíamos visto. Y nos cansamos de llorar también por ver las situaciones de algunos niños, de algunos abuelos. Pero nunca cerramos. De alguna forma u otra, siempre conseguíamos la ayuda para poder seguir cocinando. Después de la pandemia, la gente fue un poquito acomodando el cuerpo, algunos pudieron volver a sus trabajos, bajó la cantidad de gente para comer. Pero desde diciembre del 2024 se volvió a sumar muchísima gente más. Y lo que nos llama la atención es que hoy los abuelos salen a buscar comida”, dice.

Desde los comienzos Margarita cocinaba en el garaje de su casa, ahí tenía armado el comedor. En el 2023 el Centro Vecinal de su barrio fue a elecciones y Margarita decidió ser la presidenta. “Había una comisión que durante la pandemia no hizo mucho por los vecinos. Entonces decidí pelear ese espacio del centro vecinal porque soy una vecina que tiene 50 años acá en el barrio. Pero nunca me involucré hasta que me animé con algunos vecinos a hacer una lista y con suerte que ganamos”, dice.

Las donaciones particulares que tenían han disminuido considerablemente en los últimos meses y salieron a buscar ayuda también en el Mercado, juntar dinero para comprar en el Banco de Alimentos, en el Ministerio de Desarrollo Social y en la Municipalidad. “Nos llena el corazón saber que todavía podemos, que de una forma u otra todavía podemos brindarle a los pequeños, a los adultos mayores y a los adultos un plato de comida. Sí, no es una tarea fácil. Cada día se complica un poquito más. Pero bueno, lo que hacemos, lo hacemos de corazón y le buscamos la vuelta. Siempre tenemos un dicho de que Dios provee. Entonces, por ahí estamos muy ajustados, pero bueno, siempre aparece algo para poder”.

Con su gente arreglaron la sede, la cocina que no estaba en buenas condiciones y brindan el servicio en el amplio salón que tienen. Ella destaca los lazos que tienen con la Fundación Conin Vaso de Leche ya que llevan a niños que están en situación vulnerable para que tengan un punto de contención y observación de especialistas, “También las madres jóvenes, en el estado vulnerable, porque quedan embarazadas y quedan solas, no saben para dónde correr, no se alimentan correctamente, así que Vaso nos ayuda por ahí con estas mamás también”, dice.

Alguno de sus sueños es seguir creciendo y poder techar un sector de la sede que está con chapas para crear un centro de jubilados “para que no caminen ni gasten tanto cuando se tienen que ir a otros barrios. Queremos instalar una biblioteca, una biblioteca donde puedan pedir libros, donde tengan un espacio para ir a estudiar o a consultar algo de los colegios, porque acá tenemos colegios y van muchos alumnos carenciados, que no tienen el acceso a un teléfono para poder consultar por Google. Estoy contenta por lo que conseguimos con el tema del centro vecinal. Hoy sacamos el alumbrado viejísimo y podemos conseguir un alumbrado con luces LED para dejar de renegar. Por supuesto que nos falta hacer traer cloacas porque es un barrio viejo. Es una lucha que estamos dispuestos a dar, siempre presentamos los proyectos, estamos dispuestos a darla hasta conseguirla, ¿no? Entonces, bueno, yo quisiera que la gente no tuviera que salir más a buscar un plato de comida, quisiera que los niños no tuvieran que depender más de un calzado usado o una ropa usada para poder ir al colegio”.

Margarita sabe que está construyendo un legado y así como ella heredó el costado solidario de su papá, el árbol genealógico de la empatía no se detendrá. “Mis hijos son grandes, mis hijos van viendo y van acompañando y son igual que yo, lo que le pidan están dispuestos a brindarlo. Y vienen mis nietas, que en el colegio también hacen lo mismo, si tienen un compañero que no tiene zapatillas, enseguida buscan cómo encontrar un par de zapatillas para ayudar. Así que es toda una carga, pienso que ya cuando a mí se me acabe la pila, va a llevar el legado en mis hijos y en mis nietos”.

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